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Introducción

En el mundo de la ingeniería, desde siempre ha habido una gran atracción por la forma curva del arco y su fenómeno resistente. Su aparente sencillez y la pureza de la línea que configura su forma encierra una estructura que se adapta perfectamente para resistir cargas y vencer grandes luces.
Existe una definición de arco, debida a Cayo Julio Lácer, el ingeniero romano que proyectó el puente de Alcántara en el año 106, que recoge de una manera escueta el mecanismo resistente de estas estructuras: Ars ubi materia vincitur ipsa sua (En el arco la materia se vence a sí misma).

Eduardo Torroja, en 1996, en su admiración por esta sencilla estructura, llega a afirmar: “si la columna es arquitectura pura, el arco es ingeniería; o mejor dicho, si la columna es arte, el arco es técnica; sin que esto quiera decir, ni que a la columna le falte técnica, ni que el arco sea incapaz de vivísima expresión estética”